Redenou.

Tuset Street, modernidad concentrada

Entre mediados de los años sesenta y los primeros setenta, casi durante una década, la calle de Tuset en Barcelona se convirtió en Vía Tuset y Tuset Street, hecho que condensa una breve historia de modernidad en una ciudad que, mirando hacia Europa, intentaba poner color a la etapa de posguerra y el tardofranquismo más rancio. Esta pequeña calle situada entre la Avenida Diagonal, donde residían las oligarquías, y Travessera de Gràcia, de familias acomodadas, pasó en cuestión de diez años de ser un tramo de solares edificables a un eje comercial con las apuestas más modernas de la ciudad, una serie de establecimientos inexistentes en los años cincuenta. Este hecho no es nuevo: en realidad en Barcelona es una manera «clásica» de funcionar, organizando los ejes comerciales temáticamente. En este caso, sin embargo, la innovación, la apuesta por el diseño y la modernidad fueron el aglutinador. En un contexto de crecimiento económico (el «desarrollismo»), la aparición de las agencias de publicidad fue un paso casi natural en una ciudad y un país productor y con un sistema de consumo en crecimiento. El hecho de que las agencias publicitarias pioneras escogieran Tuset y las calles adyacentes para instalar sus sedes atrajo a un público concreto y a sectores de conexión directa con la actividad publicitaria, como los también pioneros diseñadores gráficos, al mismo tiempo que se convertía en el escenario para la grabación de anuncios o para sesiones fotográficas. Es este punto de encuentro entre diferentes sectores profesionales complementarios y una voluntad de rodearse de novedad lo que hace interesante esta historia por construir. «Fue el fotógrafo Oriol Maspons quien se inventó el nombre de Tuset Street y quien diseñó una camiseta con todas las tiendas de la calle […]. El boom de Tuset Street fue efímero y pasajero. Al cabo de poco tiempo volvió a ser Tuset a secas, una calle corta con varios bares y algunas tiendas.»1 La corta historia de Tuset va más allá de lo anecdótico. A pesar de que fue breve o efímera, su trascendencia puede valorarse tanto por el eco de las publicaciones que en su momento hicieron referencia a ella como porque motivó la realización de una película,2 que, aunque puede considerarse fracasada en su intención experimental inicial, tenía la voluntad de representar a sus habitantes, que pretendían hacer de toda aquella amalgama un proyecto ambicioso, comercialmente hablando, que acabara articulando la calle y convirtiéndola en una zona peatonal,una idea avanzada para el urbanismo del momento. A pesar de que el proyecto de Tuset Street y sus anhelos de modernidad se fueron disolviendo a lo largo de los años setenta, quedan un par de elementos vivos de lo que llegó a ser —ahora, no obstante, descontextualizados, en un entorno más bien mediocre como es casi toda la parte alta de la ciudad—. Estos testigos son los restaurantes Flash Flash Tortillería, de 1970, e Il Giardinetto, de 1973, ambos proyectados por Alfons Milà (diseñador) y Federico Correa (arquitecto), que además de una apuesta innovadora en cuanto al interiorismo (cada uno con un carácter muy propio) también lo fueron por la tipología de restauración que proponían. Los interiorismos innovadores, los peluqueros rompedores, la indumentaria avanzada y una pátina de «divertido» (adjetivo hoy en desuso, pero que nos explica la actitud dominante en aquel momento), conviviendo en un mismo microcosmos creciente y expansivo hacia las calles adyacentes, proponiendo una Barcelona nueva, un contrapunto a todo lo existente, releyendo el pasado modernista para crear una nueva modernidad. Los años de esplendor coinciden con los de la existencia de una publicación también «efímera», el semanario Tele/estel (1966-1970), vinculado al diario de la tarde Tele/eXpres. En esta revista, Àngel Casas publicaba una sección en papel rosa con el nombre de la calle, en la que se hacía eco de los acontecimientos que allí tenían lugar. Esta es la primera experiencia de prensa en catalán de posguerra, que, junto con La Cova del Drac —de día el Drug Store y tienda de Paco Rabanne (BOOM), donde Josep Maria Espinàs programaba recitales nocturnos de canción protesta, cantautores y pop en catalán, con vinculaciones con la discográfica Concèntric—, justifica la «defensa» de que, más allá de la fascinación por la Carnaby Street londinense o la Via Veneto romana, existió una modernidad genuina, con rasgos particulares dados por el contexto peculiar del país, que podríamos extrapolar a la arquitectura, el diseño y la edición, entre otros campos.
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Un artículo en la revista Hogares Modernos de 1970 apuntaba que «[…] el espíritu de Tuset es algo así como una excavación de Troya. A un nivel está una Troya y, debajo, la Troya anterior y así hasta la primera. En Tuset, unas excavaciones del esnobismo permitirían recuperar tres o cuatro estratos del gusto estético de la ciudad en estos últimos diez años. Empieza el acristalamiento managerista y ejecutivo de los primeros edificios burocráticos. Pasa por el racionalismo envasé de establecimientos serios, cruza el revival liberty y el revival del pan con tomate y llega hasta el telúrico y espacial figuracionismo en acero, laminado plástico y color blanco biológico».3

Para relatar esta evolución rápida en la forma de entender el diseño, nos centraremos en uno de los establecimientos más icónicos del momento, The Pub Tuset, con el cual Joaquín Gallardo, interiorista que dio color a la calle proyectando muchos de sus locales y pintando las todavía existentes farolas de color amarillo y verde, hizo su segunda intervención de gran éxito. Durante un tiempo parecía que Gallardo tenía la fórmula mágica para atraer al público joven, y los propietarios de tiendas y bares le confiaron la remodelación de sus locales, por el aura de garantía de éxito que desprendía su imaginario colorista, nostálgico, ecléctico y fresco. Lo más relevante de Gallardo es que, además de crear una forma particular de trabajar, consigue hacer de su nombre una marca (Show Gallardo) y convertir la profesión de la decoración en un fenómeno «mediático». Su aparición en la calle Tuset comienza con la tienda Renoma, donde vendían la indumentaria más «in», en el argot del momento, y sigue con The Pub Tuset y una larga lista de proyectos. El fenómeno Gallardo cristaliza cuando el decorador abre un pub propio en la calle de Mallorca, para gestionar la multitud de visitas que invadían su estudio.

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«Que nadie acuse a Gallardo de haber inventado el tedio neocapitalista. Ya estaba allí y él se ha limitado a divertirlo un poco o, en gran medida, a caricaturizarlo. Cuando pasen veinte años, las caricaturas decorativas de Gallardo revelarán a los jóvenes cibernéticos la existencia de un extraño mago de patillas canas que urdió la sofisticación de una ciudad y que casi lo consiguió.»4 Sería necesario un mapeo, o un esquema de relaciones, para poder evidenciar las diferentes conexiones existentes entre toda la trama de lugares, personajes y sucesos que conformarían esta historia de la modernidad catalana. Oriol Regàs, impulsor del mítico establecimiento Bocaccio (que traspasó las paredes de la refinada boîte para extender tentáculos hacia el cine, la música, el diseño de muebles, la indumentaria…), entra en la historia de la que hablamos cuando se le ofrece la posibilidad de gestionar el Doblón, uno de los primeros bares abiertos en la calle, anterior al boom. «Leopoldo Rodés, con quien compartíamos rellano de oficina, me propuso gestionar el Doblón. Me pareció bien pero insistí en que se tenía que redecorar. Se lo encargamos a Joaquín Gallardo, interiorista que había triunfado dando color a la calle Tuset. Rebautizado como Pub Tuset, se convirtió en un centro de reunión de cineastas, siendo frecuentado por integrantes de la Escuela de Barcelona.»5 El establecimiento renovado contaba con una fachada completamente amarilla (incluyendo el toldo a juego), con una pérgola situada en la acera. El propio decorador era llamado «el hombre de amarillo» por su fijación colorista. En el interior, de dos niveles, una evocación total de las películas de gánsteres de Al Capone. Un color verde peculiar recorría todo el espacio, buscando ese aspecto de antro de Chicago. Después de la reforma, el bar pasó de ser un establecimiento solitario a uno de los más frecuentados de la ciudad, siempre lleno de gente. En la parte superior estaba la barra y abajo un bar-sala de estar (living). Además del verde gánster, todo el espacio presentaba una constante de papel floreado en las paredes. Por encima del floreado, se alternaba una composición de pósteres casi superpuestos, una mezcla de elementos con un resultado muy atractivo para el público: una forma de teatralizar el interiorismo. Oriol Bohigas acusaba a Gallardo de «decorador reaccionario», y en un artículo en Serra d’Or el decorador se explicaba diciendo que creaba ambientes para la gente de su tiempo, sin tener en cuenta la tradición inmediata, ni siquiera si sobrevivirían.
«Hay una cierta fugacidad en las obras de Gallardo que es su principal justificación. Son una especie de happening decorativo más allá del bien y el mal del diseño y creemos que del bien y el mal revolucionario y reaccionario. Este tipo de garrotazos verbales habría que dárselos a mucho vampiro que anda por ahí suelto disfrazado de rentista ideológico. Gallardo es un caso aparte.»6

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Sus proyectos en la calle siempre tenían, según él mismo decía, el denominador común de la intuición como base proyectual. Fueron los primeros establecimientos rupturistas con la falta de imaginación que se vivía en aquella época, que quebrantaron la idea lineal de calle y la coherencia arquitectónica, y consiguieron que dejara de ser una vía comercial más. El trabajo de Gallardo, lejos de la coherencia proyectual, se basaba en la creación de fórmulas de atracción de la juventud y de quien quería rejuvenecerse, y materializaba diferentes componentes del imaginario joven: con Renoma, la indumentaria; con The Pub Tuset, la fiesta; y con Norton, la moto… La distinción de su trabajo proviene también de esta capacidad de creación de ambientes y de una evocación concreta. Esta teatralización o tematización de los ambientes topa frontalmente con la idea racionalista de intentar crear espacios y arquitecturas de la universalidad y la neutralidad, pero, por otro lado, es otra forma de generar imaginarios y relatos, aunque sea inconscientemente. El trabajo de Gallardo como interiorista evolucionó. Su reaparición en la calle, años más tarde, con el encargo de la tienda de ropa Conti se produjo en unos términos completamente diferentes, enmarcado en un proyecto propio de lo que llamo la «estética sintética», que evoca de manera sutil el imaginario espacial. Todos los materiales utilizados eran industriales, sintéticos, y el proyecto no dejaba lugar al azar: la disposición de los elementos partía de una geometría meticulosa, que no significa libre de fantasía.

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Para hablar de este salto en la forma y el gusto decorativo, seguiremos centrados en el Pub Tuset. Hacia 1973, el Pub cambió de propietarios y, de nuevo, se intervino en el local con un resultado completamente diferente. El proyecto y la realización del nuevo interiorismo se encargaron a Hans Christian Ostergaard, con la idea principal de conseguir amplitud y movimiento dentro de los espacios determinados por las paredes existentes. Para conseguirlo, construyeron un altillo que contuviera la maquinaria, los vestidores, el lavabo del servicio y el almacén. Trasladando los lavabos situados en el medio de la planta baja hacia el fondo del local consiguieron una planta completamente libre. Con el objetivo de provocar el movimiento interior, se añadió una nueva escalera y se agrandó la existente. La sensación de amplitud y movimiento visual se consiguió con la disposición de espejos en las paredes laterales. Los colores se limitaron mucho: un tono violeta para suelo y paredes (con los enmoquetados típicos de la época), un tejido beis y marrón rayado dispuesto en diagonal para las tapicerías y un tono intermedio, mezcla de estos dos colores, con un acabado brillante para los techos. En los interiores de la «estética sintética» tienen tanta importancia los materiales envolventes que recubren prácticamente todas las superficies, sin concesiones, como la iluminación, muy estudiada. Excepto la barra, en la que se instalaron luces «convencionales », en el resto del espacio toda la iluminación era indirecta, a base de focos con frontales metálicos que retroiluminaban, o luces/cortina que actúan como un filtro de luz ambiental, y con eso se obtenía una atmósfera relajante y continua en todo el espacio, un abrigo de intimidad y descanso. El establecimiento renovado se enfocó en esta dirección, como un espacio de desconexión y descanso del frenesí de la ciudad. Las necesidades estaban cambiando.

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«En la Barcelona de hoy, en la España de hoy, la calle Tuset significa mucho. Significa que esta Spain nuestra algún día puede dejar de ser different.»7

Notas

1. Oriol Regàs: Los años divinos. Barcelona: Ed. Destino, 2010, p. 263.
2. Tuset Street (1968), película dirigida finalmente por Jorge Grau, con guión de Luis Marquina, protagonizada por Sara Montiel y Patrick Bauchau, producida por Cesáreo González/Proesa.
3. «El imperialismo expansionista de Tuset Street», Hogares Modernos, n.º 53, diciembre de 1970, p. 72.
4. «Show Gallardo», Hogares Modernos, n.º 28, septiembre de 1968.
5. Oriol Regàs: Los años divinos. Barcelona: Ed. Destino, 2010, p. 264.
6. «Show Gallardo», Hogares Modernos, n.º 28, septiembre de 1968.
7. Joan de Serrallonga: «Tuset Street, un enclave “in” en Barcelona», Triunfo, año XXII, n.º 281, 21 de octubre de 1967, p. 45.